Caminaba lento mirando sus zapatos sobre las líneas de la calle. Desaparecían una a una entre pisadas, le recordó a los viajes en carretera con la hipnotizante visión de las líneas blancas del pavimento siendo devoradas por el viejo auto azul en el que amaba viajar.
Mientras caminaba, sus sentidos se evaporaron uno a uno, hasta quedar el oído y la vista fundidos en uno. La música que tronaba en sus oídos y sus pasos tenían un perfecto ritmo. Y tal como estaba en un viaje individual en una burbuja personal se olvidó del mundo...
Era un ente, un zombie más en la enorme ciudad, un ser que caminaba por las calles sin rumbo alguno a diferencia de los otros que corrían a mil por hora para llegar a un sitio, para llegar con alguien o ya por simple costumbre de correr sin escuchar sus pasos ni detenerse a mirar su entorno.
Daniela de pronto sintió un golpe en la espinilla, de esos trancazos que hacen que las lágrimas broten solas. Un tubo de la nada había salido y su pierna fue directo a reventarse contra el. Primero una lágrima; la secó, luego otra, y otra y otra. Hasta que tuvo que sentarse en la banqueta a llorar largamente cual niño que aprendiendo a caminar cae y se trauma. Así Daniela, se tumbó en el suelo con la cara entre las manos aguandose entera.
Lloró sin cesar lo que pareció mucho tiempo ante las miradas indiferentes de los demás, siempre apurados, siempre corriendo. Tan ocupados que no podían dedicar un minuto de su tiempo a la pobre chica que lloraba desconsolada hecha casi un ovillo en la orilla de la banqueta con los autos pasando a escasos centímetros de sus pies calzados con sus relucientes y nuevos zapatos verde agua.
La intensidad de su lloriqueo fue bajando poco a poco, hasta convertirse en un leve sollozo que le estremecía el cuerpo completo. Las sacudidas, le impedían respirar con facilidad, sus manos empapadas con lágrimas y mocos, buscaban desesperadas en su mochila algún pañuelo desechable, servilleta o algo que funcionara para secarse...
Y desde la ventana de la acera de enfrente a la del lloriqueo. Enrique firmaba un papel lleno de letras Arial 8, letras que bailaban y se cruzaban pasando unas encima de otras, burlándose de él. Pequeños garabatos que perdían su virtud de símbolos con tanto movimiento ante sus ojos.
Enrique se limitó a firmar en la parte donde todo parecía en calma sobre aquel papel vuelto un escandalo. La línea inferior estaba quieta ausente de todo el circo que había sobre ella. Su trazo no denotó la desesperación que se apoderó de él. Le estrecharon la mano con alegre fuerza y él simplemente limpió su mano en el pantalón de aquel traje viejo que vestía en ocasiones especiales o funerales.
Salió a la calle con el sol pegándole directamente en los ojos. Del bolsillo interior de su saco, sacó sus gafas de sol tipo aviador color verde botella. En su andar, escuchó un gemido, último rastro de un lloriqueo intenso. Enrique dedicó una mirada de reojo a la figura encorvada que sorbía mocos.
Siguió su camino hacia donde había dejado su bicicleta encadenada. Y para su desagradable sorpresa, ya no había nada: ni si quiera la cadena, ni candado, ni tuerca, ni tornillo de aquel espetado vehículo. Se quedó atónito e inmóvil. El cabello apenas se le movió de su lugar, pero dentro suyo ocurría una hecatombe que terminó en dolor y ardor de estómago parecido a los del domingo en la mañana luego de una juerga recia.
Miró en todas direcciones en busca de respuestas que evidentemente nunca llegaron, en busca de una pista, en busca de consuelo a su pérdida. "Hay que aprender a dejar ir", pensó; pero de inmediato pensó: "¡Pero no me chinguen, mi bici!".
Mientras tanto en el balcón, arriba de la escena del crimen; Laura fumaba alegre un cigarro recién hecho de tabaco cubano, en tanto que Alberto le acariciaba en círculos con el índice el hombro desnudo. Compartieron fumadas y sonrisas, besos y caricias. Volvieron al interior de la habitación, se tumbaron en la cama cubierta de aromas, para terminar lo que había quedado pendiente o comenzar de nuevo lo que les otorgaba esa sonrisa tan apacible a ambos.
Quedaba bien claro entre ellos (con palabras nada más), que amor no había, se dedicaban al exclusivo intercambio de placer; aunque en el fondo Laura lo amara. Aunque en su fuero interno Alberto la deseaba para toda la vida...
Con el atardecer en la bolsa, Laura se despidió de Alberto con un "hasta luego" y una sonrisa sincera. Se fue con un andar lento y tranquilo, repasando en la memoria uno a uno los minutos que acababa de pasar con su amado en secreto amigo con derechos. Se fue por el camino de costumbre con las luces de las calles prendiéndose casi a su paso, como si su energía fuese la causa.
Alberto despertó del estupor placentero en el que se encontraba. Lo acababa de decidir; salir corriendo tras los pasos de Laura y besarla diferente, abrazarla diferente explicándole que la quería para él, sólo para él. Tomó su chamarra y con las botas a medio poner, salió corriendo en busca de los pasos de esa mujer que le traía el mundo y se lo llevaba consigo.
Laura a punto de tomar el taxi hacia su casa, sintió que alguien la tomaba por el brazo; y con mil escenas de amor clavadas en la mente que le gustaría que sucedieran, volteó expectante...
Siguió su camino hacia donde había dejado su bicicleta encadenada. Y para su desagradable sorpresa, ya no había nada: ni si quiera la cadena, ni candado, ni tuerca, ni tornillo de aquel espetado vehículo. Se quedó atónito e inmóvil. El cabello apenas se le movió de su lugar, pero dentro suyo ocurría una hecatombe que terminó en dolor y ardor de estómago parecido a los del domingo en la mañana luego de una juerga recia.
Miró en todas direcciones en busca de respuestas que evidentemente nunca llegaron, en busca de una pista, en busca de consuelo a su pérdida. "Hay que aprender a dejar ir", pensó; pero de inmediato pensó: "¡Pero no me chinguen, mi bici!".
Mientras tanto en el balcón, arriba de la escena del crimen; Laura fumaba alegre un cigarro recién hecho de tabaco cubano, en tanto que Alberto le acariciaba en círculos con el índice el hombro desnudo. Compartieron fumadas y sonrisas, besos y caricias. Volvieron al interior de la habitación, se tumbaron en la cama cubierta de aromas, para terminar lo que había quedado pendiente o comenzar de nuevo lo que les otorgaba esa sonrisa tan apacible a ambos.
Quedaba bien claro entre ellos (con palabras nada más), que amor no había, se dedicaban al exclusivo intercambio de placer; aunque en el fondo Laura lo amara. Aunque en su fuero interno Alberto la deseaba para toda la vida...
Con el atardecer en la bolsa, Laura se despidió de Alberto con un "hasta luego" y una sonrisa sincera. Se fue con un andar lento y tranquilo, repasando en la memoria uno a uno los minutos que acababa de pasar con su amado en secreto amigo con derechos. Se fue por el camino de costumbre con las luces de las calles prendiéndose casi a su paso, como si su energía fuese la causa.
Alberto despertó del estupor placentero en el que se encontraba. Lo acababa de decidir; salir corriendo tras los pasos de Laura y besarla diferente, abrazarla diferente explicándole que la quería para él, sólo para él. Tomó su chamarra y con las botas a medio poner, salió corriendo en busca de los pasos de esa mujer que le traía el mundo y se lo llevaba consigo.
Laura a punto de tomar el taxi hacia su casa, sintió que alguien la tomaba por el brazo; y con mil escenas de amor clavadas en la mente que le gustaría que sucedieran, volteó expectante...

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